mk ultra

En este punto de la historia sabemos dos cosas:

1. Que el poder es incompatible con la moral y la empatía

2. Que en Estados Unidos se cuecen cosas que ni los libros de ciencia ficción se atreverían a contar.

Entre tanta información que circula por la red, y más entre los círculos conspiranoicos, resuena un nombre que parece usarse a diestra y siniestra como una de las máximas conspiraciones del gobierno estadounidense y que sigue activo hasta la fecha. Normalmente viene acompañado de artistas famosos como Kanye West, Britney Spears, Katy Perry, incluso Lady Gaga (cuando no es acusada de satánica).

La información oficial que existe del tema fue divulgada por la Comisión de Church del Senado en 1975, creada para investigar los abusos de las agencias de inteligencia tras el escándalo Watergate. Entre estos documentos, un investigador tropezó con una pista que llevaba a la CIA. Aunque, para ese entonces, el director Richard Helms ya había ordenado la destrucción de todos los archivos relacionados con el proyecto MKUltra en 1973. Sin embargo, no todos fueron eliminados. En un almacén de registros financieros se encontraron 20,000 páginas que habían sido archivadas por error.

Con esto quiero decir que la información no está completa, y con lo que hay a la luz, apenas podemos hacernos una idea de las locuras que se llevaron a cabo en este proyecto.

Lo que contaré en esta entrega de Datos de lo oculto es una verdadera pesadilla, un capítulo muy oscuro del ya de por sí turbio pasado de Estados Unidos.

Pero primero, el contexto. Vamos a la década de los 1950, a un mundo polarizado por Estados Unidos y la Unión Soviética. La paranoia estadounidense sobre el comunismo estaba en su punto más alto, y se empezó a creer que los soviéticos y los chinos utilizaban técnicas de «lavado de cerebro» (un término que luego descubrimos que inventó un simple periodista) en los prisioneros de guerra. Este dato obsesionó a la Agencia Central de Inteligencia (CIA), que justo estaba en sus primeros meses de vida.

Bajo la dirección de Allen Dulles, nace el proyecto MKUltra con el objetivo de encontrar métodos para controlar la mente humana, borrar memorias, implantar nuevas personalidades y extraer información contra la voluntad del sujeto, y si era posible, la creación de un «super soldado».

No era solo un experimento, sino más de 150 subproyectos de investigación. Por la calidad moral de sus técnicas, la Agencia borró sus huellas canalizando fondos secretos a través de fundaciones pantalla a universidades prestigiosas, hospitales, prisiones e instituciones médicas, lugares donde sus investigadores, a menudo sin consentimiento informado de sus superiores y menos de los sujetos, llevaron a cabo prácticas que desafiaron toda ética médica:

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Drogas psicoactivas

La más famosa fue el LSD. En sus inicios, la CIA estaba fascinada con su potencial como suero de la verdad o agente de desorientación. Esto llevó a una obsesión que derivó en su administración a los mismos empleados de la Agencia, militares, médicos, prostitutas y miembros del público general sin su conocimiento. El caso más conocido es el del Dr. Frank Olson, un bioquímico del ejército que, tras ser dosificado con LSD en una reunión de la CIA, sufrió una crisis psicológica severa y días después murió al caer de la ventana de un hotel en circunstancias nunca aclaradas del todo.

Privación sensorial, tortura y modificación de la conducta.

Basados en los estudios conductuales de Pavlov surgieron técnicas de refuerzo positivo y negativo de forma extrema que, combinadas con hipnosis, intentaban crear «agentes durmientes» programados para actuar bajo un comando específico. (¿El Soldado del Invierno?). Y estas técnicas incluían casi siempre tortura, confinamiento en tanques de aislamiento, privación del sueño por días y electroshocks que pretendían borrar la mente existente y hacerla maleable para nuevas sugestiones.

Experimentos a poblaciones vulnerables.

Uno de los colaboradores más infames fue el Dr. Ewen Cameron en el Instituto Allen Memorial de Montreal, Canadá. Con fondos de la CIA, aplicó su «tratamiento» de «conducción psíquica» a pacientes que sufrían de ansiedad o depresión leve. Estos consistían en ponerlos en coma inducido por drogas durante semanas, administrarles electroshocks masivos y repetitivos (a veces varias veces al día) y hacerles escuchar mensajes grabados en loop durante días. El objetivo era regresar la mente a un estado «tabula rasa» para luego reconstruirla. Las víctimas quedaron con daños cerebrales permanentes y traumas irreparables.

Este tipo de proyectos nos obliga a preguntarnos hasta dónde puede llegar un gobierno por poder, y cuanta tortura puede escudarse en la búsqueda de seguridad nacional y de avances médicos.

Pero el legado de MKUltra trasciende los archivos polvorientos. La pregunta incómoda que plantea —¿hasta dónde puede llegar un Estado en su intento por controlar la mente humana?— resuena con inquietante vigencia. Las técnicas brutales de ayer pueden haber evolucionado. Hoy, el control mental no necesita necesariamente de electroshocks o drogas; se ha sublimado en formas más insidiosas. Basta con sumergirse en las redes sociales y los medios de comunicación para sentirnos bombardeados por una ingente cantidad de información mediatizada, moldeada por algoritmos para influir en nuestras opiniones, deseos y acciones. La tecnología, con su capacidad de hiper-estimulación y micro-direccionamiento, se ha erigido en una potentísima herramienta de condicionamiento social. MKUltra nos dejó una lección fundamental: la mente humana es un territorio en disputa. Y las batallas por controlarla, aunque hayan cambiado de campo y de armas, distan mucho de haber terminado.