Muchos pensarán que el origen de la escuela se encuentra en el infierno, que proviene de «tortura» e incluso «adoctrinamiento». Sin embargo, los antiguos griegos la llamaban «scholē», que significaba tiempo libre dedicado al cultivo de la mente. Evocaba ocio y reflexión. La palabra, proveniente del griego σχολή y transformada en el latín schola, encierra una paradoja histórica: lo que comenzó como diálogo en las ágoras se convirtió en sistemas rígidos y radicalmente distintos.
Esparta vs. Atenas
Los espartanos perfeccionaron la educación como una máquina de guerra. Jenofonte documentó la agogé, un sistema donde los niños, arrancados de sus familias a los siete años, eran moldeados para convertirse en soldados. Sus «clases» consistían en ejercicios brutales para fortalecer el cuerpo, resistir el dolor y cultivar una lealtad inquebrantable al Estado. Incluso se les incentivaba a robar comida para desarrollar astucia, pero si eran capturados, el castigo no era por el hurto, sino por haber fallado en ejecutarlo con éxito.
En Atenas, en cambio, se redimió el sentido original del scholē. El Liceo y la Academia priorizaban el diálogo, el cuestionamiento y el cultivo integral del ciudadano. Gramática, música y gimnasia formaban un trío pedagógico que reflejaba su ideal de equilibrio. Sin embargo, ambos sistemas compartían una limitante: eran privilegios para varones libres. Las espartanas recibían entrenamiento físico —para engendrar guerreros sanos—, pero sin acceso a letras o filosofía. Solo excepciones como Safo de Lesbos, quien en el siglo VII a.C. dirigió un thiasos (círculo educativo femenino) en Mitilene, rompían este molde.
Mesopotamia y Egipto
Mientras Grecia debatía, las civilizaciones fluviales institucionalizaban el conocimiento. Las edubba mesopotámicas —escuelas de escribas en Ur o Nippur— exigían años de dominio del cuneiforme (600 signos), matemáticas y leyes. Un texto escolar advertía: «El negligente será golpeado».
En Egipto, las Per Ankh («Casas de Vida») formaban sacerdotes y administradores. Los estudiantes copiaban jeroglíficos en ostracas (fragmentos de cerámica) y resolvían problemas del Papiro Rhind.
Al convento a educar santos
Bajo las bóvedas de los monasterios, monjes como Beda el Venerable (siglo VIII) preservaron el saber, calculando desde la fecha de Pascua hasta los movimientos de las estrellas. Con el auge urbano, las escuelas catedralicias —como Chartres— enseñaron el trivium y quadrivium. Pero la verdadera revolución llegó en el siglo XII: las universidades. Bolonia, París y Oxford surgieron como gremios de saber, aunque seguían vetando a las mujeres.
Del renacimiento a nacer en las fábricas
El Humanismo de Vittorino da Feltre combinó clásicos, arte y deporte. La imprenta de Gutenberg (1450) democratizó el saber, pero la educación siguió siendo elitista. La Ilustración soñó con escuelas para todos —Rousseau criticó su rigidez en Emilio (1762)—, pero solo Prusia las hizo obligatorias en 1763.
El siglo XIX, ante la necesidad de obreros calificados, se industrializó la educación: horarios rígidos, campanas y estandarización. Marx denunció que «la escuela pública adoctrina a la clase obrera». Hoy, el modelo persiste: luces fluorescentes, bloques de 45 minutos y deberes que replican la lógica fabril.
¿Reforma o revolución?
No hace falta ser un iluminado para saber que la educación deja mucho qué desear. El sistema educativo no cumple con las expectativas de la mayoría de la población pensante.
En los últimos años se ha implementado el uso de tecnología para la educación, como el uso de tablets, pantallas, proyectores e inteligencia artificial y se han dejado de lado las técnicas que son realmente adecuadas para los niños. Y ese no es el único problema, sino también la desigualdad, el racismo y el separatismo.
Los datos son crudos:
Un niño rico en América Latina tiene 25 veces más probabilidades de acceder a la universidad que uno pobre (Banco Mundial, 2023).
1.300 millones de estudiantes quedaron fuera de las aulas durante la pandemia (UNICEF).
Pero hay grietas de luz:
Realmente hay otras formas de mejorar la educación, por ejemplo, las escuelas-bosque noruegas, que mejoran un 40% el desarrollo cognitivo. O en Brasil, donde se desarrolló el modelo Vila Verde que vincula matemáticas con ecología comunitaria.
Como escribió Freire: «La educación no es neutral: o libera o domestica». El desafío es crear espacios donde se premie la curiosidad, no la obediencia. La pregunta sigue abierta: ¿basta reformar el sistema, o es hora de reinventarlo por completo?
